Objeto

llfc_como todos los vicios,  la novela es celosa compañera de vida. Llega un día disfrazada de pasatiempo y acaba por robarse el total de tu tiempo. A partir de este punto, nada parece ya tan tedioso e inútil como la idea de negociar con ella. Cada vez que le pido que me regale un rato para mí, lo más que obtengo es una tunda de preguntas ansiosas y exaltadas. ¿Adónde vas? ¿Con quién? ¿Por qué no puedo ir yo? ¿Te avergüenzas de mí… o es que andas por ahí narrando a mis espaldas?

Habrá quien diga que estoy haciendo mal. Que debería dejarla, o siquiera esfumármele un par de días y aparentar que no voy a volver, pero nadie como ella sabe que abandonarla sería tanto como abandonarme. Ninguno de los dos conseguiríamos sobrevivir aparte, y ello tal vez ayude a comprender que lo queramos todo uno del otro. Un amor de caníbales, quién va a dudarlo, pero es lo que deseamos y además es lo que hay. Los años me enseñaron que vale más perder el juicio a su lado que ganarlo llevándole la contra.

(La mujer, la escritura, la vida: tres personas distintas y no obstante una misma.)

Yo no sé si este blog sea propiamente el diario, o el cuaderno de apuntes, o el ático mental (la idea de un sótano me suena espeluznante) del novelista por el cual doy la cara, y cuya vida tiende a devorar la mía, pero me gustaría pensar en él como el cuarto de juegos de la novela en curso. Madre celosa al fin, la novela ve al blog como a una consola de videojuegos: narcotiza al usuario, aunque también lo envicia. Es un aliado no del todo confiable, mas también un objeto de su propiedad. Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero.

¿Exagero, quizás, al conceder a un entrañable objeto tamañas cualidades subjetivas? No lo dudo, si la exageración subjetivísima es parte de mi modus operandi. Mi trabajo es hacerla no sólo verosímil, sino encima inminente. ¿O es que alguien va a negar que Doña Realidad es siempre la primera en exagerar? Permítanme insistir: Yo no soy abogado, a mí me pagan por perder el juicio. x_micrologo