Sujeto

llfc_hay quienes piensan que el mejor amigo es el que nos ayuda a enterrar la zalea del peor enemigo. No existe un juego —legal, cuando menos— que permita el libertinaje y la múltiple moral propios de la ficción. Cómplice fidelísimo, aunque también celoso y revanchista, el vicio de escribir se parece al amigo prohibido de los años niños: ese felón correoso que fumaba a los nueve y a los once sabía preparar martinis, cuya siempre instructiva compañía despertaba la tentación de ir un poco más lejos, saltarse nuevas bardas, encontrar otro atajo hacia lo insólito.

En términos ficticios, ser sujeto es también verse sujeto. Es decir atrapado. Atado a los caprichos del instinto. Enfundado en camisa de once varas. Presa de la obsesión por decir lo indecible y contar lo incontable. Veinticuatro horas listo para sufrir la dulce incertidumbre de quien se sabe vivo nada más porque ama. Lo dijo Villaurrutia, en clave de saudade:

¿Qué prueba de la existencia
habrá mayor que la suerte
de estar viviendo sin verte
y muriendo en tu presencia?

Más allá de la tinta y el papel, no olvido la jugosa avidez de Romy Schneider y Michel Piccoli en El trío infernal, disolviendo un cadáver en ácido sulfúrico y entretanto zampándose un sabroso spaghetti. Deleite semejante —sardónico, malsano, hilarante— ocurre cada vez que una palabra se mete justo donde no debe y sugiere, no sin alguna encantadora altanería: ¿Por qué no? Un sentimiento lúbrico, acaso tan pecaminoso como el del auditor que a media noche concibe un ingenioso plan para estafar limpiamente a la empresa.

Muy cierto: enterrar un cadáver en el jardín es una idea fuera de lugar, pero a veces no hay otra que nos salve de pagar consecuencias. Y como pasa que en el juego que nos ocupa las fechorías se cometen sin cargo alguno, la coartada funciona a modo de factor común: la última vez que me apliqué a enterrar un cadáver en el jardín, afortunadamente estaba escribiendo. x_micrologo