La primera narradora

La narración comenzaba ya tarde, al terminar el último noticiero del viernes. Ocupaba yo el lado derecho de la cama y era, como se dice, todo oídos. A mi lado, la memoriosa Celia recobraba a la niña incorregible que había sido tantos años atrás, y uno se regodeaba en esas travesuras como si fuesen suyas y ocurrieran allí donde las escuchaba. Más que nieto y abuela, éramos dos secuaces refocilándonos en la penumbra. Si en el resto del mundo los niños se dormían a sus horas, nuestra complicidad empezaba por trasnocharnos desfachatadamente. Era como ir al cine, aunque mejor. Habría muchas películas interesantes, si bien ninguna hablaba de la barba de picos de mi bisabuelo, ni describía en detalle a mi mamá volviendo del Kinder  (es decir, de los párvulos), ni respondía a preguntas impertinentes, ni mudaba de tema al capricho del público. Por si ello fuera poco, Celita me confiaba las versiones no autorizadas. “No vayas a decir que te conté estas cosas, o tu mamá me va a poner verde”, me advertía, entre inquieta y divertida. Ese solo convenio de sigilo ya era como un visado en territorio adulto. Las noches de los viernes solían ser el reverso de mi vida escolar, donde vivía resignado a perder en cuanta competencia participara. Para cuando llegábamos a la hora del relato, ya Celita se había esmerado en dejarme ganar a lo largo de dos gloriosas horas de mover fichas, dados y cartones. Jugábamos a La oca, Serpientes y escaleras, parkasé, lotería y baraja española, ella niña y yo adulto, incapaces los dos de atender a más temas que los nuestros. ¿Y cómo no, si también para ella eran aquellas horas las mejores de la semana entera? Escuchar las historias de Celita equivalía a asistir a un tratamiento mágico del que volvía al mundo transfigurado en personaje central de una historia tan larga que llegaba hasta tiempos de don Porfirio, cuando Celititita se trepaba a los árboles igual que los niños y hacía volar el diábolo más alto que ellos. O cuando fue cumpleaños de su papá y él la encontró en la sala, a los siete años, tocando Rigoletto a cuatro manos con el mismo maestro que la haría concertista a los diez. O cuando la llevaron de la mano a recorrer la Ciudadela, unas horas después de la Decena trágica, y la encontró sembrada de cadáveres.

“Mi papá escribía versos”, celebraba, “así que no me extraña que a ti te guste escribir tus historias”. Redondillas, se leía en la portada de su poemario, y yo la hacía reír preguntándole por las Cuadradillas (absorber su atención, multiplicar sus mimos, hacerla carcajear: nada de eso me costaba trabajo). “Mi papá era muy guapo, todos sus poemas tenían nombres de mujeres distintas”, contaba, entre la risa y el orgullo, “pero tenía un genio del demonio: si mis hermanos discutían en la mesa, él le daba un jalón al mantel y toda la comida iba a dar al suelo.” Joaquín Alcalde y Rivera Pérez de Canaleja y de Castilla la Vieja: tal era el nombre entero del galán de las barbas que fue mi bisabuelo (me empeñé en aprendérmelo, cual si fuese un conjuro digno de atesorarse), y cuyo vástago del mismo nombre se dio un tiro en la boca a los dieciocho años, luego de declamar un poema de amor a la salud de una viuda con hijos que estuvo siempre lejos de corresponderle.

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