Feeling misty
o quisiera uno a veces salir de los lugares por el miedo que da no querer regresar. Hace ocho meses ya que decidí volver a este lugar, pero es cosa distinta decidir a querer. Por lo demás, suele uno querer las cosas importantes al propio tiempo que no las desea. Hace meses que no quiero llorar y cuando me sucede quiero seguir hasta secarme el alma. ¿Te pasa algo?, preguntan de repente y recurro a la vieja coartada de siempre. Estoy loco, ¿no es cierto? Siempre será más fácil pretextar un problema de salud mental que decir la verdad de cuanto sientes. Peor aún si tampoco terminas de saber qué diablos sientes. Y es para averiguarlo que intentas escribir.
Si alguien quiere ofenderme, llámeme intelectual. El intelecto no es sino una herramienta, más ordinaria aún que una llave de tuercas. ¿O es que todo el mundo posee, sin excepción, una llave de tuercas? Desvarío, ya sé, pero ése es mi trabajo. Antes seguir de noche los pasos del instinto que olisquearle las patas al intelecto. Si el raciocinio me hace un ser humano, elijo prestigiarme por cuanto tengo de bestia peluda. Prefiero que me miren aullándole a la luna que presidiendo una mesa redonda, por más que, bien mirado, sea más fácil esto que aquello. Soy una bestia huraña, saco las uñas y enseño los dientes, pero muevo la cola cuando unos ojos francos me sonríen.
Creí, cuando empezaba a perpetrar estas líneas, que sería capaz de abundar en el tema del llanto, pero de pronto entiendo que es temprano para eso. Acabo de volver, no se trata de entrar en la cocina cuando no se ha pisado ni el jardín. Necesito recuperar el espacio que hace ya tantas leguas dejé atrás. Luego de nueve meses de twittear —ese acto leve, ingrávido, impulsivo, reconfortante a veces pero igual, de repente, desolado— he logrado habituarme a la inmediatez, como cuando en los años escolares conseguía entenderme con mis iguales mediante papelillos malandrines, no pocas veces llenos de versitos impúdicos que daban lo que fuera por parecer perversos. Qué delicia twittear, reparo en un instante, pero qué pena al fin hacerlo a costa de cierta dimensión abandonada. No se llora en el Twitter, ni se aúlla casi. Y hay mañanas y tardes y noches de intimidad callada, cuando quiere uno aullar en algo más de ciento cuarenta caracteres:
Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu
uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu
uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu
uuuuuuuuuuuuuuuuu
uuuuuuuuuuu
uuuuuuu
uuu
u.
Es de noche, a finales de agosto. Me había propuesto regresar al hotel y transcribir un trozo de la nueva novela. ¿O debería decir capturar? Me niego a usar ese verbo asqueroso, las palabras que importan no toleran vivir en cautiverio. El punto es que en lugar de transcribir me dedico a escribir estas líneas sin pies ni cabeza sobre el block pequeñito del buró. Si, como algunos dicen, ya es un anacronismo trabajar en tu blog, habría que ver qué piensan de quien lo intenta con papel y tinta, para después tener que transcribirlo. Un derroche de tiempo, ¿no es así? Les recuerdo, no obstante, que soy un animal, y como tal el tiempo me tiene sin cuidado. Viviré el que me quede resuelto a derrocharlo en asuntos mejor emparentados con el olfato que con el cerumen. ¿Mentiría si dijera que los mocos también son materia gris?
Hace unos pocos días me reprendieron por escrito (disfruto los regaños, tal es mi perversión). No se lee bien, me dijo una twittera amablemente, que use determinadas expresiones vulgares. ¿Y cómo iba a explicar a esa buena mujer que las palabras más queridas por mí son justamente aquéllas que rechinan y causan escozor? Palabras como aullidos, sílabas que te gruñen de sólo pronunciarlas, voces con vocación secreta de gargajo, relámpagos viscosos ordenados de forma que más parezcan una canción siniestra y entrañable: he ahí los materiales con los que todo artista aspira a trabajar. ¿O hay quizás un lenguaje más vivo y más candente que el de las putas y los presidiarios?
Hará también algunos cuantos días que una atenta y querida valenciana me invitó a regresar a este lugar, tras señalar que viene con frecuencia, por si acaso se topa con nuevas parrafadas. Y como he dicho ya, no sé cómo ignorar una sonrisa franca, unas palabras cálidas, una visita mágica, tal como los juguetes que me daba mi madre sin motivo especial, sin razón aparente, porque sí, ¿por qué no? Contradecir las órdenes más lógicas y atender a las súplicas menos fundamentadas es todo parte de un mismo capricho. Y es que la libertad está hecha de caprichos: es por ellos que somos quienes somos. No escribe uno contento porque tenga que hacerlo, como porque se le hincha Su Real Gana: una razón idéntica a la que nos conmina a abrir un libro y devorarlo, o cerrarlo y dejarlo para siempre, igual que abandonamos las conversaciones que nos parecen torpes o aburridas o insulsas. Igual, también, que el ser idolatrado nos ignora, o traiciona, u olvida.
No he olvidado este sitio, por eso es que volví. Si alguien viene y se queda cuando menos un rato, haga de cuenta que estas solas palabras son una chimenea recién prendida. Y ahora, con su permiso (mejor aún: sin él), es la hora de aullar. Bienvenidos de vuelta a esta madriguera. ![]()
Cul-de-sac
e muy niño contraje la manía de coleccionar cifras. Números telefónicos, hasta que las memorias electrónicas me quitaron el gusto, y todavía hoy fechas precisas. Puedo trazar la historia de mi vida a partir de esos días sobresalientes entre los cuales salto como un dedo en un mapa. O, también, como aquellas figuras que dibujaba uno trazando líneas entre puntos numerados. Recuerdo, por ejemplo, junio del 2005 por el sábado 4 y el domingo 5. Caía un sol de plomo sobre el parque del Retiro, en la Feria del Libro Madrid, mas eso no era excusa para no presentarme a agonizar en la caseta donde firmaría ejemplares de mis libros. Una vez rostizado pero libre, crucé hacia el flanco opuesto y advertí que en un horno justo enfrente del mío se estaba derritiendo Javier Cercas.
Cantaba yo victoria por aquellos días, desde que dos o tres semanas antes logré salir del último callejón, durante la escritura de una nueva novela, en realidad tan vieja como las obsesiones que la prefiguraban diez o más años antes. Salir de un callejón narrativo es tan estimulante como dejar la cárcel. Juraría uno que el cielo tiene otro color, o al menos que las calles se hallan plenas de signos alusivos a la historia de pronto recobrada. Un estado de gracia similar al idilio amoroso, donde el futuro es ancho, lujuriante y nuestro. Hay algo así como un idilio recobrado cuando se sale del callejón narrativo. De repente vuelve uno a ver clara la historia (que en los últimos tiempos se había emborronado) no pocas veces gracias a algún detonador no del todo fortuito, si quien se ve atorado en el callejón no hace más que buscar esa rendija cómplice que le permitirá volver al bulevar. En mi caso, esa rendija se había llamado La velocidad de la luz.
Me formé, pues, entre sus lectores agradecidos, y una vez frente a frente le dije lo que aquella novela entrañable había hecho por sacarme del callejón. "¡Mira cómo me he puesto!", dijo Javier al tiempo que se alzaba la manga de la camisa y me mostraba el antebrazo con los vellos de punta. ¿Cómo no imaginar, finalmente, al autor de La velocidad de la luz peleando por salir del callejón? Caminé hasta el hotel con una suerte de ánimo balcanizado. Sentía unas ganas locas de lanzarme a pelear por esa historia que aún no tenía nombre pero ya iba alcanzando las setenta cuartillas. Puede que muy adentro no buscara otra cosa que empatía: esa especie de lubricante emocional que nos deja engañarnos con el cuento de que no estamos solos en la batalla.
Fue ya en la tarde del domingo 5, en mi cuarto en Gran Vía, que el combustible llegó hasta la sangre. No podía despegarme de la televisión: una bestia salvaje de 18 años arrasaba con el tenista argentino Mariano Puerta, en la final de Roland Garros. Cuando volví a la calle, horas después, ya navegaba a lomos de una empatía ciertamente inspiradora. Hacer novela, me repetía en voz alta, como un borracho rico en soliloquios, exige una concentración maniática como ésa: la de Rafael Nadal sobre la cancha, y antes, en el pasillo, y hasta en los vestidores, donde se le había visto saltando y animándose en voz alta. Es decir, justamente la actitud de quien logró escapar del callejón y le escuece la prisa por devorarse al mundo. No sé, concluí, si de ese modo deba jugarse al tenis, pero es así como se narra una historia.
Puedo explicarlo todo debió de comenzar a respirar por ahí de la página 100, unos meses más tarde, tras librar sendos nuevos callejones, pero no había llegado a la 150 cuando el idilio se vio interrumpido. ¿Cómo le explica uno a su novela en proceso que va a dejarla durante más de un año para ir en busca de otra, mientras tanto? No he olvidado la fecha y el lugar: São Paulo, 11 de junio de 2006. Otro cuarto de hotel y otra televisión. Nadal tundía en cuatro sets a Federer y ganaba el segundo Roland Garros. Hice cuentas mentales: tenía treinta cuartillas de una novela de infancia, podía terminarla de ahí a fin de año. Había que expulsar esa historia del menú, si no quería seguir callejoneando cada vez que la otra novela me pedía contar la infancia de Joaquín. ¿Cómo narrar la suya, si antes no me libraba de la mía? ¿Y cómo imaginar que aquél resultaría un verano infernal y esa novela breve la única terapia concebible? ![]()
Para un nuevo reporte de obstetricia literaria
omo todo en la vida, esta historia nace de una mujer. No en realidad una, sino varias, en distintos momentos. De la niña de ocho años (y luego nueve, y diez) que me iba revelando secretos que a mi vez atesoraba en el nombre de una novela etérea que había comenzado a escribir tres, cuatro veces, sin una sola de ellas rebasar la página sesenta, a la musa perdida que una tarde volvió de los emborronados dominios del recuerdo a una mesa del Starbucks de Olivar de los Padres donde sonrió otra vez, como cuando tenía dieciséis años y yo con mis dieciocho me alimentaba sólo de sus sonrisas; de la ninfa sureña que perseguí mediante parrafadas palpitantes a la hechicera serbia que me alcanzó el espíritu en secreto; de la que daba cuerpo a los sueños guajiros a la que puso alas en mis pesadillas. Nada me gustaría más que hablar de ellas y ya no de otra cosa, pero se hacen novelas justamente para evitar tamañas imprudencias. Insiste uno en creer que recuerda las cosas con precisión quirúrgica y así da validez a los peores embustes del olvido, y sin embargo, ¿no es a tales enmiendas chapuceras que la literatura debe su existencia?
Una de las ventajas de la palabra escrita está en que se conserva inmune al tiempo. Puede uno llenar de garabatos una libreta en blanco, meterla en un cajón y no abrirlo en veinte años, que al cabo de ese tiempo sus páginas dirán las mismas cosas. Pero la gente cambia, y eso incluye lo mismo a la de carne y hueso que a la etérea. En el transcurso de todos los años en que intenté sin éxito contar su historia, Dalila fue mudando de carácter, aspecto e intereses. Fue siempre una niñita, por eso desde luego se resistió a crecer cuando, desesperado, quise volverla adulta para verla ya sólo en retrospectiva; y de morir ni hablar, si la certera puñalada a traición que recibió de Pig en Diablo Guardián —Dalila o el amor, se titulaba su novela para siempre inconclusa— no le hizo ni cosquillas a su sombra vivísima, y ni siquiera la rudeza innecesaria de citar enterita la página inicial (un sacrificio público, me dije) fue suficiente para disuadirla.
“¿Ya estás listo?”, insistía, en pleno 2004, como dando por hecho que llegaba su turno de cobrar vida, pero yo no acababa de atreverme. ¿Cómo, de otra manera, iba a entenderse que me hubiera pasado un par de meses en busca de la pluma fuente ideal para contar la historia de Dalila? Había dado con ella en un predecible aparador veneciano, tras el curso de cierta superstición romántico-neurótica según la cual en el nuevo proyecto nada sería casualidad y todo coincidencia. Montegrappa 1912, rezaba la etiqueta; era maciza, larga, azul turquesa; tenía la consistencia de una piedra. ¿Cómo disimular mi horror cuando, varios meses después, durante una de las raras sesiones de exhibicionismo en las que me animaba a mostrar la nueva pluma, una mujer recién caída de la selva amazónica a mi vida pretendió destaparla como a una simple bic y le rompió la rosca a la tapa? ¿Apuntaba la pésima señal a aquella brasileña de ojos verdes de pronto abochornada hasta los huesos, o a la pluma que acaso me apresuré a comprar? Como era de esperarse, terminé por culpar al instrumento, que hasta la fecha sigue roto y guardado.
“Sé que el protagonista es una niña”, le había confesado a la hechicera jíbara en el inglés que entonces nos dejaba entendernos, “y que tiene una abuela que hace no muchos años se quedó ciega”. De esto último vine a arrepentirme más todavía que de enseñar mi pluma, no bien un par de bromas amazónicas a costillas de la abuela invidente me forzaron a darle sepultura, tras meterle reversa a todo aquel asunto de la ceguera. “No se muestran las armas sin haberse velado, ni se habla de una historia que está por escribirse”, me aconsejé ya tarde, inmerso en un romance que los años harían tan incierto y convulso como la gestación de la novela misma. Ya se sabe que las historias en proceso son de por sí celosas y posesivas.
La verdad es que estaba totalmente perdido. Por eso, en cuanto pude, terminé de perderme al volante de un Chevrolet rentado que voló de La Jolla a San Francisco en ocho horas repletas de preguntas ansiosas. ¿Dalila? ¿Cuál Dalila? ¿Por dónde iba a empezar, con un demonio? La semana siguiente, contra todo pronóstico, en una tarde de ocio iluminado topéme con Excalibur. Estaba en una tienda del Beverly Center: nada más el empleado me la soltó en la mano, supe que esa Mont Blanc modelo Julio Verne (un cilindro pesado y aventurero que tenía la facha de Nautilus) me había estado esperando, igual que una mujer que se apresta a cambiarte la vida de golpe y para siempre. Imposible dejar esa tienda sin ella.
Esa noche, Dalila y yo dormimos a pierna suelta. No se me iba a morir: eso podía jurárselo. ![]()
El espejo de Penélope
os días son iguales y con ellos la música. Abro el ojo a las nueve y afuera está nublado. Prendo la tele y le quito el sonido, no sea que el locutor me eche a perder el juego. Busco la grabación: Wimbledon Quarterfinals, oprimo select en la opción start over y me tiendo a seguir despertando. Aterrizo en la cancha central de Wimbledon como quien pone un cerro de paja en el asfalto antes de decidirse a saltar del tercer piso. Me resisto a pensar, a estas horas infames de la madrugada, en la última pregunta de ayer noche, que fue asimismo la primera de hoy. ¿Y luego? ¿Y luego qué? Exactamente, digo, todavía legañoso mientras oigo que Federer perdió su servicio, ¿y luego qué? Nada más hago foco en la pantalla, es como si en lugar de regresar del sueño volviera de un estado de aturdimiento. ¿Y luego qué de qué?, finjo demencia y me estiro en la cama, jugando a que no sé qué es lo que me preocupa de todo eso que va a suceder luego. ¿Y luego, entonces? Calculo que por ahí de las diez habrá más sol que nubes y para entonces ya tendría que estar en la oficina. ¿Y si se tarda el sol? Falta una hora para eso. Por lo pronto, lo que urge es un yogurt y una gelatina. Puede que hasta un platazo de leche con Cocoa Pebbles. Le pongo pausa al juego y pego la carrera escaleras abajo. El frío del mosaico en la cocina se confabula con el refri abierto para que el día acabe de ganar textura. De regreso en la tele, me da una mala espina: no es el día de Federer. Si sigue mal, vale más que me meta a bañar por ahí de las nueve y media. No puede uno empezar un día de combate viendo perder a Federer, y menos a Nadal, de manera que acabo con el cereal y me disparo al baño.
Ya bajo el chorro de agua, rememoro el tejido con una claridad emocionante, y hasta de pronto ocurre un par de clics. Dudas que tenían días de enredarse de pronto se despejan al amparo del agua caliente. ¿Y luego qué? No es que haya terminado de averiguarlo, digamos que la incertidumbre matutina cedió paso a una comezón deleitosa, que sigue ahí más tarde cuando ya me he calzado camiseta, bermudas y sandalias. En la tele John McEnroe anuncia desde el palco de la NBC que por ahí de mediodía va a comenzar el juego de Nadal. Con la pena, me lo prohibo de aquí a las siete de la noche. Que se grabe y espere, ni más faltaba. He dicho que los días son iguales, pero debí decir que apenas existen, no bien logro instalarme en la oficina. Empeño complicado en algunos despachos ambulantes, como éste que me ocupa de aquí a las ¿cinco, seis, seis y media? Puede uno saber cuándo se sentará a tejer, nunca a qué hora ni cómo se levantará. El primer paso es montar la sombrilla en su base, en la terraza a un lado del jardín. El tapete, la silla, las almohadas, la mesa, el banco, el monitor, los cables, la MacBook, el ventilador, los headphones, un plato de melón, un Red Bull, el teclado, el mouse, los papeles, el par de diccionarios. Cuando el tejido marcha sin contratiempos, ver la oficina lista es una invitación a la lujuria, pero si algo se atora más parece la jaula de los leones. En todo caso es una máquina del tiempo. Por eso digo que los días se borran, me da igual si es un lunes o un jueves o un sábado, tengo cita en la máquina del tiempo y me urge ya esfumarme de México DF Tetelpan San Ángel 2010 para huir hacia el único lugar donde tiene sentido la pregunta acuciante: ¿y luego?
Entrar en los detalles finales de una historia, ya no con pluma fuente sino delante del procesador, es como conducir al fin el prototipo que estuvo uno por años construyendo. Un placer muy sufrido, si se compara el número de tramos empedrados y curvas traicioneras con las escasas rectas redentoras, pero si vuelvo aquí cada mañana, presa de algún prurito dichoso y enfermizo, tiene entonces que ser un sufrimiento inmensamente placentero. Algo que te permite prescindir de todo, y ante lo cual la propia vida es cosa indiferente. ¿Pero es la vida, al fin, algo distinto de esto?
Tengo la sensación de que no se me entiende cuanto digo en voz alta y la sospecha de que es a propósito. Salgo a la calle a ratos, ya pasadas las seis, a pasear con mi cómplice cuadrúpedo y dar vueltas al tema del tejido pendiente. Calero, Aída, Arturo, Margaritas, San Carlos, Altavista. Luego el supermercado, o la gasolinera, o la paletería, donde tengo que hablar con mis semejantes y esforzarme en salir del ensimismamiento primordial, así sea para firmar un voucher. Descubro a veces, en algún espejo, que olvidé por completo peinarme o rasurarme o las dos cosas, y eso en el fondo es un tranquilizante, pues me preocupa menos estar ausente de la realidad que del tejido. La realidad, me digo, que se joda. Voy y vengo con los pelos parados y la mirada ausente, como si hubiese visto a Penélope misma resplandecer a través del espejo. Penélope que viene y me peina y me abraza y promete que mañana estaremos tejiendo otra vez juntos y qué más da si nadie nos entiende y los días no existen y el universo estalla en pedacitos. En una de éstas nunca llegamos a enterarnos. ![]()
Cargando muéganos
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o podía escribir", se justifica uno en casos así. No es que faltara tinta, papel, teclado o monitor, ni que tuviera uno las manos amarradas o las falanges rotas, pero el carácter tiene sus desperfectos. Ahora mismo, las dos de la tarde, tendría que estar sumando líneas a la novela, si al fin ya falta poco y empiezan a asomarse los párrafos finales, mas en días como estos renuncio a la quimera de entenderme. Todavía no sé si va a ser necesario matar a un personaje o hasta dos, y eso a cualquiera le quiebra los nervios. Además: los matones detestan las antesalas.
Ayer mismo compramos un ford viejo y pesado (Grand Marquis con motor Mitsubishi de seis cilindros: una carroza) pero es la hora en que el conductor no se decide a agarrar el volante, pisotear los pedales y pasarle las ruedas por encima a un fulano que ya acabó de estar en la novela. "Algo no cuadra", insiste, imitando el talante de un jurisconsulto, y ya me ha contagiado el escepticismo, que es algo así como la gonorrea del artista. Pero claro, ni modo de obligarlo. Si algo no perdonamos en un autor es que sea autoritario, y en tanto eso resuelva las cosas a chaleco. Como dicen, a huevo ni el omelette.
Los pastores del éxito aconsejan ser raudo para decidir y lento para cambiar de opinión. Cosa que a uno le pasa a venir guanga, toda vez que el trabajo del novelista consiste en desmentir a la realidad, pero lo cierto es que esto tiene un precio. El jinete enseñó al caballo a recular, aun y en especial a orillas de un presunto precipicio. Los últimos capítulos de una novela se escriben eludiendo el despeñadero, como lo haría un héroe de videojuego. Imposible llegar a las últimas líneas sin la conciencia plena del peligro y la resolución de morirse en la raya. Pero morirse es un afán oscuro, y tampoco es tan raro descubrirse magnetizado (...a estas putas alturas, me inconformo) por ese precipicio al que en teoría buscaba eludir. "Son estos huesos que siguen brillando los que se llevan la memoria de los días", resuena otra canción entre dos realidades adversarias. No es uno quien decide, me consuelo, cuáles y cuántos muertos va a cargar.
Recuerdo una carreta bien cargada de muéganos, al final de Por unos dólares más. Para mejor contarlos Clint Eastwood, matón bueno, va sumando las recompensas que se ofrecen por cada uno de los cadáveres, y al no cuadrar los números dispara hacia atrás: donde lo espera el fiambre que faltaba. En mi experiencia, así es como aparecen el principio y el fin de una novela. Están agazapados en un lugar ridículamente cercano, sabrá el diablo si no en la punta del dedo que señala a la luna en busca de respuestas. Ahora que si se trata de ajustar la metáfora, nada desearía más que ya poder contar mis capítulos igual que los difuntos en un carretón, pero el hecho es que algunos se mueven demasiado para engañar al médico forense. Peor todavía, quisieran convencerme de que yo soy el muégano. ¿Y cómo los desmiento, si me he escapado de la realidad como mi amigo Clint del pueblo mexicano de Por un puñado de dólares, es decir escondido en un ataúd, y aquí estoy en la cueva curando las heridas, antes de retornar a rociar plomo y pólvora?
Pocos esfuerzos hay tan infructuosos como el de pretender que se puede vivir a espaldas de los íntimos demonios. Esto es, los de uno más los de sus personajes. Un condominio entero, y todavía peor: un condemonio. Y si en los condominios todo llega a saberse, hay que ver en la clase de vecindad que monstruos y demonios son capaces de convertir la bóveda craneana del especulador de oficio. Mas no por eso salgo de tarde en tarde a aplanar las banquetas pensando en amansarlos, como en alebrestarlos. Que griten y se insulten y se piquen los ojos, ya han vivido bastante para esperar de mí otra cooperación que un arbitraje más o menos arbitrario, allí donde no hay reglas sino meros caprichos del destino.
Ningún fiscal le reconoce al asesino el enorme desgaste físico, mental y espiritual que supone matar a un semejante. Hay quien dice que si un amigo es aquél que te ayuda a cambiarte de casa, un verdadero amigo es quien te ayuda a cambiar de lugar un cadáver. Cuesta creer que un viejo conocido sea capaz de haber hecho algo así; no consuela decir que son cosas que pasan ni se cree que después de tal atrocidad pueda volver a ser quien antes fue. Y al fin de eso se trata, cuando en lugar de hacerlo hay que contarlo. Escribe uno también para cambiar de signo y no reconocerse más en el pasado, pues a ése hay que enterrarlo, antes que atesorarlo. Y ahora con su permiso, me regreso al patíbulo. Tengo un par de clientes por atender. ![]()
La esmerada malhechura

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alhechote", lo llamaban a uno los profesores cuando hacía la tarea importándole un pito el tema del esmero. No reclamaban, pues, de acuerdo a la gramática, que uno hiciera las cosas con las patas, sino su mala hechura personal. Su baja calidad en términos biológicos. No era ya la tarea, como el alumno lo que no servía; por eso lo hacía todo como su cara. Curiosamente, solía ser nada menos que mi profesor de biología —una opinión a todas luces autorizada— quien más gustaba de etiquetarme así. Pero ni falta hacía, si ya a mis catorce años vivía convencido de ser un contrahecho emocional. Ahora bien, por más que uno se enseñe a negociar con sus carencias y se resigne a todo lo inminente, persiste la cosquilla de desafiar a la naturaleza. Escribir ya no tanto a pesar de la propia malhechura, sino precisamente a partir de ella. Dar a los sentimientos rengos y tullidos el privilegio de firmar la historia. Malhacerse a lo Escher: adrede, al infinito. Narrar desde la zona necia del instinto, un poco replicando el curso del destino, de forma que el error exija aterrizaje antes que corrección. Ir adelante con el disparate, darle alas al demonio menos presentable. Escuchar a Chet Baker y darse a ambicionar la ruina for art's sake. Entramparse en un caos de horas en espiral y días que van y vienen como autobuses en los que nunca subes. Gracias, le dices al chofer que se detiene, pero voy para otra parte. Ni modo de explicarle que estás en una parte tan aparte que llevas años y años construyéndola a solas. Un sitio donde nadie sino tú puede entrar, y del que rara vez te permites salir. Una casa embrujada pero disfuncional, con los conjuros chuecos y los abracadabras salpicados de baches, donde eres albañil, carpintero, plomero, arquitecto, pintor, electricista, peón, decorador, detective, sirviente, capataz, chofer, mecapalero, coime, mayordomo, saqueador, secretario y otros quehaceres a menudo ingratos, como el de jefe de control de calidad: un sujeto mamón, desdeñoso y sardónico capaz de hallarle fallas al pubis de una diosa. Pero ese es su trabajo: aguar todas las fiestas menos la última. ¿No será que ese esmero es mera neura?, se preguntan mis seres queridos cada vez que, a juzgar por el genio de mierda que me cargo, dan por hecho que se me ha aparecido el diablo sin calzones. A veces, sin embargo, no quedan más demonches de los que uno consigue procrear. Esos mismos satanes por cuya descarada intromisión hube de sacar ceros en biología con tesón esmerado y fatalista. Ya veremos —se dice uno de noche, rechinando los dientes como un villano de Hannah & Barbera, con la luz apagada y las neuronas todavía trajinando— si vuelven a llamarme malhechote. ![]()
Pruritonitis

a desazón también tiene su déjà vu. La última vez que me vi a estas honduras de la incertidumbre traía un dolor de espalda marca garrote vil y los nervios crispados a toda hora. Hace ya un par de meses que me vino el dolor, pero esta vez ha sido recibido cpn sendas descargas de aspirina y un cañonazo de teiquirisi. Vamos, que hasta estas líneas son parte del intento de agarrarla suave, aun si puertas adentro me queda la impresión de galopar a lomos de una neurosis fiera y corpulenta. No terminar de terminar una novela es asimismo no terminar de estar en ningún lado. Cual si en vez de una historia construyera un refugio submarino, y la sola sospecha de una leve fisura fuese digna de todos los insomnios. Sabe uno que es pequeño e insondable cuando emprende un proyecto al que mira de abajo hacia arriba. Cualquier día, la empresa se transforma en emergencia: imposible saber qué zonas del cerebro se activan y conectan a partir de este extremo, toda vez que el task force se manda solo y trabaja en lo oscuro. Una vez amarrada al instinto de supervivencia —que es en última instancia quien termina de escribir las novelas— la voluntad echa a andar una serie de engranes que a su vez se conectan con otros mecanismos, y éstos hacen lo propio con sus submecanismos, igual que en un ejército secreto integrado por células tripartitas. Cada quien su mossad, me digo al descubrir que alguien que no soy yo ya había reparado, a saber desde cuándo, las grietas que aún ayer me quitaban el sueño. Creer a media noche que se ha dado con un error en la novela en proceso da pie a una paranoia similar a la de quien se encuentra un piojo en el ombligo: vale creer que son muchos y están organizados. Ya quiero ver quién tiene la sangre de atole para darse a roncar plácidamente luego de descubrir a un cierto polizonte con patitas de gancho y verlo caminar sobre el lavabo. Sin el asco, tal vez, pero no mucho menos desasosegado, busco volver al sueño de los irresponsables, pero he aquí que la duda es piojo impertinente. ¿Tanto jodía yo para que en una y otra escuela mis compañeros insistieran en señalarme como ladilla, es decir el que escarba en las zonas impacientes? Una novela a medio terminar se parece a esa franja de tierra de nadie que separa a la cárcel de sus muros: todo intruso es probable objetivo militar. Y de pronto da pena, pero ya entrado en épica no se puede uno andar con megafonitos. La orden es apuntar a la cabeza y apretar el gatillo con la celeridad de quien aplasta a un piojo. Difícil relajarse, en estas circunstancias. La cama se endurece, las dudas se camuflan, las uñas duelen ya de tantos huevecillos reventados. ¿Cómo explicar después que este trabajo no es propiamente un trabajo-trabajo, sino apenas un juego de origen infantil? ¿Pero no es cierto acaso que los juegos de niños también sirven para apostar el pellejo? Miro el reloj: faltan cuatro horas para diciembre 24. Perdón que no celebre, pero me quedan piojos por masacrar. Qué descanso, de pronto, ser todo uñas. ![]()
Rieles en cuarentena

i hubiera de explicárselo al espíritu inquieto de mi abuelo, le diría que esto de novelar y bloguear es un poco chiflar y comer pinole. Se canta una canción mientras se baila otra. Busca uno cuando menos hacer aterrizar al ridículo con la elegancia de una estafa sin rastro. Llevo tiempo intentando regresar al blog, pero no tengo sino estos chisporroteos de palabras que de una línea a otra se detienen porque les da la gana, no faltaba más. Una mañana el blog, o la novela, o el proyecto de website que llevo años diciendo que quiero hacer a mano, amanecen como puertos distantes. Como si la obsesión todopudiente demandara el total de la energía y la empleara completa en extraviarse. No digo que no sepa leer los mapas, pero sigo creyendo que el hallazgo es fruto natural de la perdición. Si la novela viene y me pide que esta noche le corte la cabeza al blog, seguro que lo haré con regocijo, que es como cumple uno los caprichos exóticos de una ninfa adorada con celo wahabí. Ahora bien, ya se sabe que la novela es una zorra protagónica y no tan fácilmente daría por perdido a un cortesano en tal modo oficioso y disponible. ¿Por qué va uno a abandonar a sus seres queridos, cuando existe la opción de seguir humillándolos sin cargo extra? Y aquí está la cuestión, se me cruzan los cables. Cuando menos lo espero, ya no soy yo sino uno de los personajes de la historia quien asalta la máquina y se expresa en mi nombre. Una de cal, me advierte en una mueca copartícipe y brinca de regreso al monte de capítulos. Por mi parte, me quedo con la duda. Por más que lo haya visto guiñar el ojo izquierdo, no acabo de saber si el de la gracia fue el astuto Isaías, el pícaro Joaquín o el espectral Basilio. Tampoco sé la ruta que llevaba mi tren de pensamiento antes de la intrusión del último fantasma. Es la noche temprana de un domingo helado; hace ya muchos días, en realidad semanas, que pospongo estas líneas al compás de una canción querida. It takes some silence to make sound, calcula Jason Mraz, y en lo que a mí respecta no se equivoca. Puede que todo el juego de la escritura no sea sino el aprendizaje del silencio. Escribimos, quizá, para aceptar la muerte con cierta gallardía. ¿Hay acaso descanso más pacífico que el de haberse callado sólo después de hablar lo suficiente? No soy yo el de los pensamientos funerarios. Too many trains of thought for such a foggy track, amigo!, reflexiona el villano del spaghetti western antes de acomodarme un plomo entre los ojos. Lo dicho, el tren de marras se descarrila por quítame estas pajas. Debería haber una ley que obligara al artista en proceso de parto a guardar rigurosa cuarentena, mínimo para no quedarse sin amigos o acabar de ganarse la fama de lunático. Alguna vez, en una de sus crónicas, Bryce Echenique topa con un letrero que explica como pocos el valor del silencio, y de paso el sentido de las líneas presentes. Cito, según recuerdo: Ya sé que crees que comprendes lo que piensas que acabo de decir, pero no estoy seguro que te hayas dado cuenta que lo que acabas de escuchar no es lo que yo quería decir. Más clara, pues, ni el alba. ![]()
El asueto de Gutenberg

o siento, ya esta hecho. Titubeé un poco antes del click final: dirán que paso lista entre los desleales. Sintomáticamente, ayer mismo leí Palos de ciego, la columna dominical de Javier Cercas, donde narraba su dolorosa separación de la edición número 19 del diccionario de la Real Academia Española. Curiosa numerología: el 18 de octubre Javier confiesa la reciente traición a su tumbaburros —lo ha ido a dejar en una librería de viejo— y al día siguiente, octubre 19, sale al fin a la venta la edición internacional del Kindle. Toda una cuchillada a nuestro amigo Gutenberg. Repensando el asunto del diccionario, no pude más ni menos que entregarme a escuchar las voces plañideras de mis libros, que ya se ven de vuelta en una librería, o quizás esperando postor en eBay.
El lío comenzó desde que tuve a bien añadir a mi wishlist el aparato. Lo había visto un mes atrás, abordo de un avión, y fue una aparición comparable a la del primer walkman, el primer fax, el primer email. Mentiría si negara que tales adelantos me han ayudado mucho a vivir mejor, pero no menos cierto es que he pagado precios altos por ello. ¿Cómo calculo en pesos y centavos el aislamiento que me ha obsequiado cada uno de estos juguetes? Claro, un libro electrónico no está ahí para hacerlo a uno más sociable, pero no bien sopeso aquella promesa de bajar y empezar a leer un libro en 60 segundos, temo que en realidad suena más a amenaza. ¿De manera que ya no voy a ir a recorrer librerías en busca de un ansiado y esquivo ladrillo de papel? ¿Voy a tener que ahorrarme el paseo voraz del niño caprichudo, con todo y las punzantes eliminatorias? Y a todo esto, ¿quieres callarte ya, Pepe Grillo de mierda?
Si seguimos el curso de la metáfora de Javier Cercas, encontraremos que comprar un libro a larga distancia y en sesenta segundos es tan emocionante como hacer click en la imagen de una diva del Facebook y tenerla en tu cama de aquí a un minuto. Muy fácil para ser entretenido. ¿Cada uno de nosotros clonado y disponible en la sección de downloads de su página? Por eso digo que no tengo Facebook. Aunque sé que es inútil resistirse, y la prueba es el click todavía caliente que me ha hecho el feliz dueño de un Kindle, aunque me falten días para toquetearlo y no tenga ni un libro digital.
Conseguí resistir por catorce horas. Todavía afectado por la metáfora del diccionario querendón, pasé de largo de la tele a la cama sin hacerle ni un guiño a la MacBook. Tampoco desperté a las cuatro y media para hacer esas compras de pánico que le dan emoción a los insomnios. Hoy mismo, en la mañana, me sentía persuadido de que el culto artefacto podía esperar. Pasado el mediodía, ya estaba distraído seleccionando libros para mi witchlist. No sé si fue un momento de fortaleza o debilidad, pero en no más de 60 segundos ya había consumado el último click.
¿Voy a dejar mis libros de papel? Muy al contrario: pienso atesorarlos. Razón más que bastante para no maltratarlos haciéndolos viajar en maletas, guanteras o mochilas. La idea es leer más y cargar menos. Ahorrarme esperas y cuotas de envío. Además, por ahora sólo es posible leer contenido en inglés…
Por más que apilo ideas, no alcanzo a convencerlos. Se diría que ya no quieren que los lea, y puestos a oponerse no van a soportar ni que los toque. El Kindle no ha llegado y mis libros, unidos en pandilla solidaria, ya lo han puesto en su bitchlist. Va a haber que protegerlo de tantos enemigos silenciosos. Nada me extrañaría que en el primer descuido le cayera del cielo un atlas en tres tomos. ![]()
Ráfagas de un raudo día / y II

mpezar por el cero, girar dos vueltas a la derecha, llegar al 32, retroceder una vuelta a la izquierda hasta el 14, regresar al 28, liberar el candado, abrir el casillero. Sacar la MacBook, cerrar el casillero, sentarte frente a uno de los escritorios, recorrer los canales de la pequeña tv, sintonizar la acción de la cancha siete, abrir la Macbook, echar a andar el Mail, encontrar tres correos urgentes en teoría, no responder ninguno, echar a andar el iChat, no encontrar ni un mensaje, suspirar, cerrar la MacBook, abrir el casillero, sacar el ventilador portátil, colgártelo del cuello, cambiar las baterías de la cámara, cerrar el casillero, salir corriendo hacia la cancha siete, recoger estadísticas y entrevistas, calcular que con suerte verás el tercer set de Sorana Cirstea y llegarás a la mitad del primero de Juan Carlos Ferrero. Encontrar un lugar a orillas de la cancha, tomar un par de fotos, gritar let's go, Sorana!, colgarte el radio de la oreja derecha, enterarte que las hermanas Williams acaban de romper otro servicio, anotar dos docenas de palabras en una de las hojas de estadísticas, tacharlas casi todas, aplaudir un smash, empezar el artículo al pie de los tachones. Salir volando hacia el Louis Armstrong, esquivar cuerpos entre los gentíos, eludir una cola de cincuenta metros con el gafete donde se lee media, escurrirte a la zona de prensa, resoplar, quitarte las gafas, limpiarlas, ponértelas, aplaudir un balazo de passing shot y gritar ¡vamos, Juanca!, poner el ojo izquierdo en la cancha y el derecho en los números de Nadal y Djokovic, sumar los winners, restar los losers, saltar de la butaca cuando Ferrero rompe un nuevo servicio, anotar en la hoja "volea de revés en break point". Moverte de un estadio a otro para pescar a tiempo el partido de Federer, desviarte unos minutos hacia el Interview Room 1, hacerle una pregunta voladora a Tsonga, pasarte al 3 a interrogar a Sorana y correr de regreso por el pasillo poligonal que rodea la cancha del Arthur Ashe. Subir las escaleras de dos en dos, descender luego al nivel de la cancha, murmurar un excuse me atropellado, acomodarte en la segunda fila, a la derecha del juez de silla, prender el ventiladorcito, apuntar al sudor de la frente, checar el marcador, vociferar de pronto let's go, Roger!, recordar el artículo pendiente, irte derecho sobre el segundo párrafo, albergar ciertas dudas sobre el primero, dejarlas todas para más tarde. Perder noción del paso de las horas, recobrarla al notar que la sombra de Roger es ya más grande que él, aplaudir cuando gana el tercer set, levantarte de un salto, salir corriendo hacia el media center. Abrir el casillero, cargar con la MacBook, correr por los pasillos, subir al primer piso de la casa club, acomodarte en un sillón libre, conectar la MacBook, ponerte los audífonos, echar a andar el Pages, transcribir los dos párrafos que adelantaste, rehacerlos, observar de reojo las pantallas de plasma donde juega Del Potro, sustraerte por fin del entorno, ver la hora: son casi las seis. Refunfuñar no mames, ya es tardísimo, escribir una línea, checar tres estadísticas, escribir media línea, rastrear un par de datos en usopen.org, escribir línea y media, descubrir que el francés que no deja de hablar aquí atrasito es Gael Monfils, ignorarlo, tratar de recobrar concentración, responder la llamada paterna en el Skype, pasar revista a los sucesos frescos, retornar al artículo, checar el contador de palabras, mascullar que no llevas ni doscientas, cerrar la MacBook y volver al estadio con ella bajo el brazo, resignado a escribir en los descansos, no sin antes hacer una escala en el comedor y cargar con la cuarta botella de té helado. Encontrar un lugar, abrir la botella, distraerte, verter un chorro entre camisa y bermudas, soltar nuevos carajos, no bajarte de imbécil, abrir la MacBook, distraerte siguiendo un jugadón, comentar el momento con los de al lado y opinar that's the hell of a defense! Regresar al artículo con bríos reciclados, atacar el teclado con un furor pariente del de Nadal cuando se mira dos sets abajo. Narrar, narrar, narrar, qué vicio tenso. Gritar, alzar las manos, volver a la pantalla y observar que la señal del WiFi está más débil que el hombro lastimado de María Sharapova. Rebasar la frontera de las setecientas palabras, levantarte, correr de vuelta al media center, acomodarte en cualquier escritorio vacío, sintonizar el canal donde el partido sigue. Saludar a un fotógrafo argentino y a una cronista francesa, mientras corriges todo desde el principio y te abalanzas sobre el remate. Volver a corregir, checar algunos datos, responder el email de hace quince minutos con la frase "ya mero" en el asunto, dar al fin con el título, salvar una versión en Word, enviarla a seis distintos destinatarios, no sea la de malas, encontrarte en el iChat con una princesa, sonreír, platicar, tomar aire, soltarlo, abrir el casillero, guardar la MacBook, calzarte el pantalón y la camisa por encima de camiseta y bermudas, cerrar el casillero, pasar por dos barritas de snickers, correr hacia el estadio, detenerte un minuto en otro stand de fotos gratuitas, reanudar la carrera, llegar quince segundos después del descanso y tener que esperar hasta el siguiente, blasfemar, asomarte a un monitor, celebrar que no ha habido rompimientos, bajar los escalones a la carrera, ocupar una nueva butaca, arrellanarte a gozar del partido bajo una noche espléndida. Gritar, aullar, sufrir, arrancarte los pelos, recobrar la esperanza, celebrar que la cosa se vaya a cuatro sets, total, quién tiene prisa, probar la taquicardia de la muerte súbita, paladear el alivio de un break point rescatado, aplaudir el match point, festejar la victoria, leer en el reloj sobre el marcador que hace quince minutos dio la medianoche. Bajar al media center, abrir el casillero, sacar la MacBook con los papeles del día, despedirte en la puerta con un see ya tomorrow, buddy!, caminar por el parque hasta el autobús, treparte, hallar lugar, abrir la MacBook, entretenerte media hora más entre el Dreamweaver y el ImageReady, bajar en la 42 esquina Park, parar un taxi, pedirle que te lleve a la Octava y la 34, puntualizar: New Yorker Hotel. Entrar, saludar al portero, abordar el elevador, oprimir el botón del piso 20, llegar hasta la puerta del 2051, insertar la tarjeta, abrir la puerta, prender el aire frío, soltar la MacBook y todo lo demás a un lado del buró, derrumbarte en la cama, respirar hondo, sacarte de la bolsa el chocolate, romperle la envoltura, morder. Extender el programa del día siguiente, ajustar el despertador a las nueve, salivar figurándote los juegazos que vienen. Levantarte de vuelta, despejar la cama, cepillarte los restos de chocolate, asilarte debajo de las cobijas. Sonreír amplia, lenta, mansamente, deseando con el alma que llegue pronto la hora de despertar. Bostezar. Parpadear. Chasquear la lengua. Encontrar en el sueño un atajo propicio. ![]()






